23 junio 2020

Fútbol, ego y empresa

Al identificarnos con un equipo de fútbol, queremos que nuestro equipo gane y, si lo hace, nos sentiremos poderosos, invencibles, exitosos y felices. Si pierde, nos sentiremos derrotados, deprimidos e infelices. En otras palabras, le cedemos al equipo de fútbol la responsabilidad de definir nuestro estado de ánimo y felicidad. Al ego le gusta ganar y sentirse poderoso.

Si nuestro equipo pierde, el ego tiene que buscar otras formas de sentirse superior. En el caso del partido, al insultar y disminuir al entrenador, subconscientemente pensamos que nosotros lo hubiésemos hecho mejor, y nos sentimos más capaces. Otro aspecto escondido en esta conducta es la necesidad de buscar culpables de nuestros problemas.

Estas conductas también ocurren en las organizaciones, donde cada vez más se trabaja en equipo. Ya que todos queremos pertenecer al equipo ganador, cuando nuestro equipo enfrenta problemas y no cumple sus metas, nuestro ego inmediatamente busca desvincularse.

Le echamos la culpa a terceras personas, en vez de hacernos responsables y buscar una solución.

Otra conducta típica en las organizaciones es culpar a otras áreas. Por ejemplo, cuando Marketing se queja y ‘raja’ de producción o viceversa. Hablar mal de otras personas o áreas es un mecanismo de nuestro ego para hacernos sentir superiores. Trae un mensaje escondido: ‘nosotros no nos equivocamos’. Esta conducta no soluciona ningún problema y crea un clima de desconfianza en la empresa.

Cuentan que el gran rabino Chafetz Chaim viajaba para dar una conferencia. En el tren, le preguntó amablemente a otro viajero a dónde se dirigía. Éste le respondió: “Voy a ver al gran sabio Chafetz Chaim”. El rabino, que era bastante humilde, le respondió: “Por qué le llama gran sabio, él es una persona como todos nosotros.” Al oír esto, el viajero le tiró una bofetada al rabino y le dijo: “¡Cómo habla así del gran sabio! ¡Insolente!”. Ya en la conferencia, cuando el viajero comprendió a quién había abofeteado, fue a rogarle su perdón. Pero el rabino respondió: “No hay nada que perdonar. Hoy he aprendido que uno nunca debe hablar mal de nadie, ni siquiera de uno mismo.”

La próxima que vez que nuestro equipo esté perdiendo, o estemos buscando culpables de los problemas en la empresa, o simplemente estemos hablando mal de alguien, observémonos. Luego respondamos la siguiente pregunta: Lo que sentimos y decimos, ¿lo hacemos por nosotros mismos o porque nuestro ego nos está manipulando? Sólo si conocemos la respuesta a esta pregunta, podremos ser mejores personas.